El derecho a seguir siendo real: cuando la moda empieza a parecer demasiado perfecta
La fotografía de moda siempre ha interpretado la realidad. Hemos elegido la luz, buscado el ángulo, corregido el color y retocado una imagen cuando era necesario. Nada de eso es nuevo. Lo que sí empieza a ser diferente es la facilidad con la que podemos cruzar una línea casi invisible: dejar de mejorar aquello que fotografiamos para comenzar a sustituirlo.
Lo pienso cada vez más cuando termino una pasarela y vuelvo a casa con cientos, MUCHAS veces miles, de fotografías. Durante unas horas he estado pendiente de algo muy sencillo y, al mismo tiempo, bastante difícil de fotografiar: lo que realmente estaba ocurriendo delante de mí.
Una modelo camina, el vestido se mueve, una tela responde de una determinada manera a la luz, aparece una arruga donde quizá el diseñador no quería que apareciera, un cabello se escapa del peinado y durante unas décimas de segundo se produce esa fotografía que estaba esperando. No es perfecta. Probablemente por eso funciona.La fotografía de pasarela tiene algo que todavía me interesa especialmente: no permite controlar completamente la realidad. Puedes conocer tu cámara, anticipar el movimiento y elegir dónde quieres estar, pero cuando la modelo aparece al fondo de la pasarela ya no eres tú quien decide todo.
Y eso, precisamente, es fotografía.
Siempre hemos retocado fotografías
Conviene decirlo porque a veces hablamos de inteligencia artificial como si antes de ella la fotografía hubiera sido una representación absolutamente inocente de la realidad. Nunca lo ha sido.
Desde el laboratorio químico hasta Photoshop, los fotógrafos hemos intervenido nuestras imágenes. Hemos trabajado el contraste, eliminado pequeñas imperfecciones, corregido dominantes, recuperado luces, limpiado fondos y realizado ajustes que forman parte del proceso fotográfico.
Yo también lo hago.
No encuentro ningún problema en mejorar técnicamente una fotografía. De hecho, una parte importante de nuestro trabajo comienza precisamente después de pulsar el disparador.
El problema aparece cuando ya no sabemos muy bien dónde termina la fotografía y dónde comienza otra cosa.
Cuando mejorar deja de ser suficiente
Hoy podemos modificar una piel hasta hacer desaparecer cualquier rastro de textura, cambiar proporciones corporales, reconstruir prendas, sustituir fondos, modificar expresiones, generar cabellos que nunca estuvieron allí o incluso crear una modelo completa sin que nadie haya tenido que ponerse delante de una cámara.
Y podemos hacerlo cada vez mejor. Ese último detalle es precisamente el que debería hacernos pensar.
Durante mucho tiempo las imágenes artificiales resultaban fáciles de detectar. Había manos imposibles, miradas extrañas, tejidos que no terminaban de comportarse como tejidos y esa sensación indefinible de estar contemplando algo que pretendía parecer real sin conseguirlo.
Eso está cambiando rápidamente. La pregunta, por tanto, ya no es solamente si podemos crear esas imágenes. Evidentemente podemos. La pregunta interesante es qué ocurre cuando dejamos de distinguirlas de una fotografía.
La moda tiene un problema particular con la perfección
La moda siempre ha convivido con una cierta construcción de lo imposible. Forma parte de su capacidad para imaginar, exagerar y provocar deseo. Una editorial no tiene obligación de parecerse a nuestra vida cotidiana y tampoco creo que deba tenerla.
Pero existe una diferencia importante entre construir una fantasía y presentarla como si hubiera sucedido.
Una modelo puede llevar un vestido extraordinario, fotografiado bajo una iluminación extraordinaria y posteriormente trabajado hasta conseguir una imagen extraordinaria. Sigue existiendo un punto de partida: una persona, una prenda, un diseñador, un maquillaje, un estilismo, un espacio y un fotógrafo estuvieron allí.
Cuando comenzamos a sustituir cada una de esas piezas, la naturaleza de la imagen cambia.
No necesariamente tiene que convertirse en algo peor. Pero sí deberíamos llamarlo de otra manera.
La pasarela todavía no puede esconderse
Quizá por eso sigo encontrando en la pasarela una especie de refugio frente a esta obsesión por la perfección.
Desde el foso de fotógrafos ves cosas que una campaña perfectamente construida puede ocultar. Ves cómo cae realmente una prenda, cómo responde al movimiento, si un volumen funciona únicamente desde determinado ángulo o si una pieza que parecía espectacular en una fotografía pierde fuerza cuando comienza a caminar.
También ocurre lo contrario. Hay prendas que fotografiadas sobre una percha dicen muy poco y que, en movimiento, cobran una vida extraordinaria.
Ahí está una parte de la verdad de la moda.
No significa que una pasarela sea objetiva. La iluminación, la música, el casting, la escenografía y la propia puesta en escena también construyen un relato. Pero al menos existe algo físico delante de nosotros.
El vestido está allí. La modelo está allí. Y yo estoy allí intentando fotografiarlo.
También los fotógrafos tendremos que decidir
No creo que la respuesta consista rechazar todas las nuevas herramientas. Sería absurdo. Algunas aplicaciones de inteligencia artificial ya forman parte de programas profesionales de edición y pueden resultar extraordinariamente útiles para determinadas tareas.
La cuestión está en decidir para qué las utilizamos.
Hay una diferencia entre emplear una herramienta para limpiar una pequeña distracción de una fotografía y pedirle que invente aquello que no conseguimos fotografiar. Entre corregir y reconstruir. Entre editar una fotografía y generar una realidad alternativa.
Puede parecer una frontera demasiado filosófica hasta que detrás de esa imagen existe un cliente, un diseñador o una colección.
Si fotografío un vestido y después cambio mediante inteligencia artificial parte de su estructura, ¿sigue siendo una fotografía fiel de ese diseño? Si modifico sustancialmente el cuerpo de quien lo lleva, ¿estoy fotografiando a esa persona o fabricando otra? Y si sustituyo escenario, iluminación, modelo y prenda, ¿qué queda exactamente de mi fotografía?
No tengo una respuesta universal para todas esas preguntas.
Pero sí creo que merece la pena empezar a plantearlas.
La imperfección también contiene información
Después de tantos años fotografiando moda he terminado apreciando determinadas cosas que probablemente antes habría intentado corregir.
Una mirada que no estaba prevista. El movimiento inesperado de una falda. Una modelo que rompe durante un segundo la expresión que ha mantenido durante toda la pasarela. Una textura de piel real. Una arruga. Incluso determinadas fotografías técnicamente imperfectas pueden contener mucha más vida que otras impecables.
Tal vez el problema no sea que la inteligencia artificial sea capaz de crear imágenes perfectas.
EL problema será que nosotros terminemos acostumbrándonos tanto a ellas que la realidad empiece a parecernos defectuosa.
El derecho a seguir siendo real
No sé cómo será la fotografía de moda dentro de diez años. Ni siquiera estoy seguro de cómo será dentro de tres. Probablemente conviviremos con fotografías tradicionales, imágenes profundamente intervenidas y contenidos completamente generados. Y seguramente llegará un momento en que visualmente resulte prácticamente imposible distinguir unos de otros.
Por eso creo que la discusión no debería centrarse únicamente en la tecnología. También debería hablar de autoría, transparencia y confianza.
Un diseñador debería poder saber qué hemos hecho con la fotografía de su colección. Una modelo debería conocer hasta dónde puede transformarse su imagen. Un cliente debería poder decidir si quiere que las fotografías de su trabajo sean procesadas mediante determinadas herramientas. Y quien observa una imagen debería conservar, al menos en determinados contextos editoriales y documentales, alguna posibilidad de saber qué está viendo.
Porque quizá dentro de poco lo verdaderamente extraordinario no sea conseguir una imagen perfecta. Quizá lo extraordinario sea poder decir:
Esto ocurrió. Esta persona estaba allí. Esa prenda existía. Y esta fotografía nació de ese momento.
En una época capaz de fabricar prácticamente cualquier imagen que podamos imaginar, conservar ese vínculo con lo que realmente ocurrió puede terminar convirtiéndose en uno de los valores más importantes de la fotografía.
Y también, aunque parezca extraño tener que defenderlo, en el derecho a seguir siendo real.

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