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RUNWAY MOTION · 2026

Una colección puede llamar la atención en una pasarela, una feria profesional o incluso en las redes sociales. Pero el verdadero salto puede llegar después, cuando una cadena de tiendas, un fabricante o un gran distribuidor se interesa por ella. Entonces ya no basta con hablar de creatividad: hay que saber qué quieren comprar, qué estamos dispuestos a vender y hasta dónde queremos que crezca nuestra marca.

Por Redacción de Crónicas de Pasarela

Existe cierta tendencia a pensar que crecer en moda significa fabricar cada vez más y que, para trabajar con una gran compañía, una pequeña firma debe disponer previamente de una enorme capacidad de producción. No necesariamente. Una empresa que cuenta con fábricas, proveedores, logística y una extensa red comercial ya dispone de los medios necesarios para producir a gran escala; lo que puede estar buscando fuera de su estructura es precisamente aquello que no consigue simplemente aumentando el número de máquinas: creatividad, identidad, conocimiento y diseño.

No hace falta convertirse en una fábrica

Uno de los ejemplos históricos más conocidos llegó en 2004 con la colaboración entre Karl Lagerfeld y H&M. El diseñador aportó su nombre, su lenguaje creativo y una colección desarrollada específicamente para la compañía, mientras H&M disponía de la estructura necesaria para producirla, distribuirla y ponerla a la venta en numerosos mercados. Lagerfeld no necesitó transformar su estudio en una fábrica capaz de abastecer por sí mismo a la red comercial del grupo, porque esa era precisamente la parte que aportaba la empresa.

Fotografía: Kheel Center / Wikimedia Commons — CC BY 2.5

Aquella experiencia también dejó una enseñanza menos cómoda. Lagerfeld manifestó posteriormente su desacuerdo con determinadas decisiones relacionadas con las cantidades disponibles y la comercialización de la colección. El ejemplo sigue siendo útil más de veinte años después porque demuestra que trabajar con una estructura mucho mayor puede permitir a un creador llegar donde difícilmente llegaría solo, pero también obliga a establecer desde el principio quién controla el producto, cómo se utilizará su nombre y qué capacidad de decisión conservará una vez que su creación entre en una maquinaria industrial que no controla.

Años después encontramos otro modelo en la colaboración entre JW Anderson y UNIQLO, iniciada en 2017 y mantenida durante diferentes temporadas. Jonathan Anderson ha explicado que trabajar para una audiencia global y mucho más amplia le obliga también a pensar de otra manera. No se trata simplemente de fabricar más unidades de aquello que ya produce JW Anderson, sino de diseñar teniendo en cuenta otro público, otras necesidades y la capacidad industrial y comercial de la compañía con la que trabaja.

Quizá ahí se encuentre una de las claves de este tipo de relaciones: crecer no siempre significa fabricar más dentro de nuestro propio taller. En ocasiones significa aprender a trabajar con quien ya tiene la capacidad para hacerlo y comprender qué parte del negocio debemos seguir controlando nosotros.

John Galliano y Zara: cuando lo que interesa es la mirada del diseñador

En 2026 tenemos un ejemplo especialmente interesante y mucho más cercano. John Galliano y Zara han iniciado Re{form}, una colaboración creativa prevista para dos años que permite observar con bastante claridad qué puede buscar una gran compañía cuando se acerca a un diseñador. Zara no necesitaba que Galliano le proporcionara fábricas, proveedores, almacenes ni una red internacional de tiendas, porque todo eso ya forma parte de la estructura de Inditex. Lo que Galliano podía aportar era otra cosa: su manera de mirar una prenda y transformarla.

El proceso de la primera colección resulta especialmente revelador. Galliano comenzó trabajando con prendas que Zara ya tenía disponibles, utilizando ese material para desmontar, modificar proporciones y desarrollar nuevos prototipos. Re{form}, cuyo nombre juega precisamente con la idea de volver a dar forma a algo existente, no plantea que el diseñador tenga que fabricar personalmente miles de prendas; plantea que aporte aquello por lo que una gran estructura industrial puede estar dispuesta a trabajar con un creador.

El caso ayuda a desmontar una confusión bastante habitual entre capacidad creativa y capacidad productiva. Una pequeña firma puede no tener medios para producir diez mil unidades y, sin embargo, poseer un diseño, una técnica, un patrón o una identidad suficientemente interesante para una compañía que sí puede producirlas. El problema deja entonces de ser cuántas prendas puede coser el diseñador y pasa a ser mucho más serio: qué derechos concede sobre aquello que ha creado, durante cuánto tiempo, para qué productos, en qué mercados y a cambio de qué remuneración.

Naturalmente, John Galliano no representa la situación económica ni la capacidad negociadora de un diseñador emergente. Su trayectoria, reconocimiento internacional y valor comercial hacen que las circunstancias sean completamente distintas. Sin embargo, el mecanismo empresarial resulta útil para entender algo fundamental: una gran empresa puede disponer de toda la capacidad industrial que necesita y seguir buscando fuera precisamente aquello que no puede producir en una cadena de montaje.

¿Qué quieren realmente comprar?

Esta debería ser una de las primeras preguntas antes de comenzar a hablar de dinero, porque una gran empresa puede estar interesada en cosas muy diferentes y dos propuestas aparentemente similares pueden esconder negocios completamente distintos.

Puede querer comprar prendas terminadas para distribuirlas en sus tiendas, encargar cientos o miles de unidades, desarrollar una colección cápsula, contratar al diseñador para crear una línea específica o fabricar determinados diseños utilizando su propia estructura industrial. También puede plantear una licencia, una colaboración entre ambas marcas, una producción bajo la marca de la propia cadena o algún tipo de exclusividad.

Incluso puede ocurrir que lo verdaderamente atractivo no sea la capacidad de producción del pequeño taller, sino aquello que una gran estructura industrial no consigue simplemente fabricando más: una idea, una técnica artesanal, un patronaje, una identidad reconocible, un archivo, un conocimiento especializado o una determinada manera de entender la moda.

Antes de responder a una oferta conviene, por tanto, entender exactamente qué está intentando comprar la otra parte. No es lo mismo vender mil vestidos que permitir que otra empresa fabrique diez mil unidades de un diseño propio, ni es lo mismo autorizar ese uso durante una temporada que ceder definitivamente determinados derechos.

Cuando lo que se vende no es la prenda

Imaginemos que una compañía se interesa por cinco modelos de una colección y propone fabricarlos utilizando su propia estructura. En ese momento el diseñador ya no está negociando únicamente la venta de ropa, porque sobre la mesa aparecen el valor de su creación y los derechos que permitirán a otra empresa explotarla comercialmente.

Puede acordarse una cantidad determinada por desarrollar los diseños, establecer una remuneración vinculada a las ventas, combinar un pago inicial con royalties o negociar otras fórmulas en función del proyecto. También habrá que definir qué puede fabricar la empresa, durante cuánto tiempo, en qué territorios, bajo qué marca, en qué categorías de producto y hasta dónde puede modificar el diseño original.

La propiedad intelectual deja entonces de ser una cuestión lejana reservada a abogados y grandes compañías para convertirse en una parte central de la negociación. La Unión Europea diferencia entre licenciar determinados derechos y cederlos o transferirlos. Mediante una licencia, el titular puede autorizar a otra empresa a utilizar determinados derechos bajo unas condiciones pactadas y continuar siendo su propietario; una cesión supone transferir la titularidad de esos derechos en los términos establecidos en el acuerdo.

La diferencia puede ser enorme. Una licencia puede delimitar duración, territorio, exclusividad, usos permitidos y remuneración, incluidos pagos fijos o royalties, mientras que una transferencia puede significar que el creador deje de ser propietario de aquello que ha cedido y que tampoco participe automáticamente del éxito comercial posterior, salvo que el contrato establezca otra cosa.

Por eso, antes de preguntar simplemente cuánto están dispuestos a pagar, convendría formular una pregunta bastante más importante: ¿qué estamos entregando a cambio de ese dinero?

Una palabra importante: exclusividad

También puede aparecer la exclusividad, y una palabra aparentemente sencilla puede esconder acuerdos completamente diferentes. No es igual conceder a una empresa la exclusiva de un determinado diseño durante seis meses que impedirnos trabajar durante varios años con cualquier otra compañía del mismo sector. Tampoco es lo mismo una exclusiva limitada a España que otra aplicable a todo el mundo, ni una que afecte solamente a una categoría concreta de producto que otra que alcance prácticamente toda nuestra actividad.

La exclusividad tiene valor precisamente porque estamos renunciando a otras oportunidades mientras dure. Si una compañía quiere impedir que determinados diseños, técnicas o incluso nuestra propia marca puedan trabajar con sus competidores, esa limitación debería estar perfectamente definida y formar parte de la negociación económica.

Conviene desconfiar de expresiones demasiado abiertas como “exclusividad mundial”, “todos los productos” o “durante la vigencia de la relación” cuando no existe una delimitación clara. Un acuerdo que hoy parece una gran oportunidad puede convertirse mañana en un obstáculo si descubrimos que hemos cedido mucho más de lo que pensábamos.

Y también puede ocurrir algo mucho más sencillo: la empresa quiere comprar

No todas las oportunidades llegan en forma de licencias, royalties o grandes colaboraciones creativas. A veces ocurre algo bastante más sencillo: una empresa ha visto nuestra colección, le gusta y quiere comprarla.

Imaginemos un pequeño diseñador que normalmente fabrica veinte o treinta prendas al mes y recibe de repente un pedido de 1.500 unidades. Sobre el papel parece magnífico. Es el tipo de llamada que muchos talleres esperan durante años porque puede multiplicar la facturación y colocar la marca delante de un público al que hasta entonces no tenía acceso.

Pero aquí recuerdo algo que me explicó hace años un gran amigo diseñador que desfilaba en Cibeles, Madrid. Cuando hablábamos de crecer y de recibir grandes pedidos me advertía de un riesgo que a primera vista puede pasar inadvertido: fabricar una cantidad enorme para un solo cliente puede significar poner todos los huevos en una sola cesta.

Con el tiempo entendí perfectamente a qué se refería. Para un taller acostumbrado a producir veinte o treinta prendas al mes, aceptar un pedido de 1.500 no significa simplemente coser más. Puede significar comprar grandes cantidades de tejido y materiales, contratar personal, ampliar horarios, adelantar dinero a proveedores, buscar talleres externos, organizar transporte y dedicar durante semanas o meses prácticamente toda la capacidad de la empresa a satisfacer a un único comprador.

Si todo funciona y el cliente paga en las condiciones acordadas, aquella operación puede representar un salto importante. El problema aparece cuando algo falla, porque cuanto mayor es la dependencia de ese pedido, mayor puede ser también el golpe.

Un gran pedido también puede convertirse en un gran riesgo

¿Qué ocurre si hemos comprado los materiales para 1.500 prendas y el cliente retrasa el pedido, intenta reducir las unidades, modifica las condiciones o simplemente tarda mucho más de lo previsto en pagar? ¿Qué sucede con los trabajadores contratados, con los proveedores a los que ya hemos pagado o con los clientes habituales que hemos dejado de atender porque toda nuestra capacidad estaba concentrada en aquella producción?

La dimensión del pedido puede impresionar, pero la cifra de facturación no cuenta toda la historia. Hay que conocer el margen real después de materiales, mano de obra, financiación, transporte, impuestos, posibles devoluciones y todos los costes extraordinarios que supone aumentar la producción. Facturar mucho no significa necesariamente ganar mucho y, en determinados casos, crecer demasiado deprisa puede generar problemas de tesorería incluso cuando el negocio parece funcionar.

También hay una cuestión de dependencia. Si para atender a ese gran comprador hemos abandonado temporalmente otros clientes y reorganizado toda la empresa alrededor de sus pedidos, nuestra posición negociadora puede ir debilitándose. El cliente sabe que necesitamos que continúe comprando y nosotros sabemos que perderlo dejaría una estructura sobredimensionada para nuestro mercado habitual.

Aquella frase de mi amigo diseñador era sencilla, pero contenía una auténtica lección empresarial: un pedido grande no siempre es automáticamente un buen pedido. Antes hay que saber cuánto cuesta producirlo, cuánto dinero tendremos que adelantar, cuándo cobraremos, qué ocurre si se cancela y qué porcentaje de nuestro negocio estamos dispuestos a colocar en manos de un solo cliente.

El anticipo no es un detalle

Cuando una pequeña empresa debe asumir una producción muy superior a la habitual, las condiciones de pago pueden ser tan importantes como el precio de cada unidad. No debería darse por hecho que el diseñador tiene que financiar con sus propios recursos toda la operación mientras una compañía mucho mayor paga semanas o meses después de recibir la mercancía.

Un anticipo puede permitir comprar tejidos y materiales, reservar capacidad productiva y afrontar parte de los costes iniciales sin poner en peligro la tesorería del taller. El porcentaje dependerá de la operación y de lo que negocien las partes, pero lo verdaderamente importante es comprender que financiar la producción también tiene un coste y un riesgo.

Además del calendario de pagos, el contrato debería dejar claro qué ocurre si el comprador modifica las cantidades después de haber encargado los materiales, cancela el pedido cuando la producción ya ha comenzado, retrasa la recepción de la mercancía o rechaza determinadas unidades. Cuanto mayor sea el pedido respecto al tamaño habitual de nuestra empresa, menos cosas deberían quedar confiadas únicamente a una conversación o a un intercambio informal de mensajes.

Antes de decir que sí, hay que hacer números

La emoción de recibir una propuesta importante puede hacer que la primera reacción sea aceptar y resolver los problemas después, pero probablemente debería ocurrir lo contrario. Antes de comprometerse conviene saber cuántas unidades podemos producir realmente, cuánto tiempo necesitamos, qué parte debemos externalizar, cuánto capital tendremos que adelantar y cuál será el margen una vez pagados todos los costes.

También merece la pena estudiar escenarios menos favorables. Qué ocurre si un proveedor se retrasa, si aumenta el precio de un material, si una parte de la producción no supera el control de calidad o si el comprador paga más tarde de lo previsto. No se trata de recibir una oportunidad con miedo, sino de impedir que una oportunidad comercial termine poniendo en peligro aquello que hemos tardado años en construir.

En determinadas operaciones será necesario contar con asesoramiento jurídico, fiscal o financiero especializado. Un diseñador conoce su colección y su producto, pero no tiene por qué dominar contratos internacionales, licencias, propiedad intelectual, financiación o fiscalidad. Pedir ayuda profesional antes de firmar puede resultar mucho más barato que descubrir después el alcance real de una cláusula que no entendimos.

No todo crecimiento tiene que ser enorme

También existe la posibilidad de negociar una transición. Si una compañía quiere 1.500 unidades y nuestra capacidad actual está muy lejos de esa cifra, quizá la respuesta no tenga que ser simplemente sí o no. Puede plantearse una primera producción menor, entregas escalonadas, una prueba en determinadas tiendas o una colaboración que permita comprobar cómo funciona la relación antes de comprometer toda la estructura.

Crecer de manera gradual puede parecer menos espectacular, pero permite conocer al cliente, comprobar cómo paga, saber cómo responde el producto y descubrir si nuestra propia organización está preparada para asumir un volumen mayor. En moda hablamos mucho del éxito inmediato y bastante menos de la capacidad para sostenerlo cuando llega.

Después de la pasarela empieza el negocio

Las pasarelas cumplen una función importante porque muestran una colección, construyen imagen y permiten que compradores, prensa y público conozcan el trabajo de un diseñador. Pero el desfile no puede ser el final del camino. Si detrás de aquellas prendas existe una empresa, llegará un momento en el que habrá que hablar de producción, precios, propiedad intelectual, contratos, distribución, plazos y dinero.

Una gran compañía puede ofrecernos la posibilidad de llegar a miles de clientes, fabricar cantidades que nunca podríamos asumir solos o llevar nuestros diseños a mercados internacionales. También puede interesarse únicamente por nuestra creatividad y utilizar su propia estructura para convertirla en producto. Son oportunidades reales y pueden transformar una firma, pero precisamente por su importancia necesitan algo más que entusiasmo.

El diseñador debe saber qué aporta a la negociación. Puede que no tenga una fábrica, una red logística internacional ni cientos de tiendas, pero quizá posea aquello que la otra parte está buscando: una identidad que no se compra por metros, una técnica que no aparece simplemente ampliando una línea de producción y una idea capaz de convertir una prenda en algo reconocible.

La cuestión no debería ser únicamente cómo conseguir que una gran empresa se fije en nosotros. Cuando finalmente lo haga, tendremos que estar preparados para formular preguntas mucho más importantes: qué quiere comprar, qué derechos necesita, cuánto tiempo los tendrá, quién fabricará, quién asumirá el riesgo y qué quedará en nuestras manos cuando termine la relación.

Porque desfilar puede abrir una puerta, pero atravesarla ya pertenece a otra parte de la moda, menos fotografiada y mucho menos romántica: el negocio.


Sobre el autor

Martin Esquivel es fotógrafo especializado en moda, pasarelas y fotografía editorial, con experiencia en semanas de la moda y eventos profesionales en España y Europa. Su trabajo abarca la documentación de colecciones, backstage y el entorno de la industria de la moda, combinando la fotografía con el análisis de aquello que ocurre dentro y fuera de la pasarela.

Es fundador de Fashion Week Gallery, archivo y plataforma de fotografía editorial de moda, y forma parte del proyecto editorial Crónicas de Pasarela, donde aborda la moda desde una mirada profesional vinculada a la fotografía, las pasarelas y el funcionamiento real de la industria.

Fotografías

Las imágenes que acompañan este artículo se utilizan con sus correspondientes créditos y licencias. Las fotografías procedentes de Wikimedia Commons mantienen la atribución indicada por sus autores y las condiciones establecidas en sus respectivas licencias Creative Commons.

Fotografía de producción textil: Kheel Center / Wikimedia Commons — CC BY 2.5.

Fotografías propias, cuando se indiquen: Martin Esquivel / Fashion Week Gallery.

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