Saltar al contenido Ir al contenido principal
Fashion Journalism · Photography · LuxuryMadrid · París · Milán · Londres · Nueva York
RUNWAY MOTION · 2026

Cuando una colección aburre: el peor enemigo de la moda es la indiferencia

Una colección puede no gustarnos, incomodarnos o incluso parecernos equivocada y, aun así, conseguir que sigamos mirando. El verdadero problema comienza cuando una pasarela no provoca absolutamente nada.

He llegado a bostezar mientras fotografiaba una colección en plena pasarela y, aunque pueda parecer una anécdota sin demasiada importancia, recuerdo perfectamente el momento porque aquel bostezo no tenía nada que ver con el cansancio. Quienes trabajamos fotografiando desfiles sabemos lo que significa encadenar varias horas con el equipo encima, comer tarde o no hacerlo, permanecer de pie durante buena parte del día y seguir manteniendo la atención cuando ya llevamos miles de fotografías. Sin embargo, aquella vez era diferente: simplemente me estaba aburriendo.


Cuando una colección aburre | Crónicas de Pasarela
Una colección puede no gustarnos y seguir siendo interesante. El verdadero problema aparece cuando deja de provocar cualquier reacción.

Delante de mí continuaban pasando modelos y yo seguía fotografiando porque ese era mi trabajo, pero poco a poco había dejado de esperar algo de la colección. No encontraba una silueta que despertara mi atención, un tejido que quisiera observar con más detenimiento, una combinación que me sorprendiera o una referencia que me llevara mentalmente a otro lugar. Todo transcurría correctamente, quizá demasiado correctamente, y llegó un momento en el que tuve la sensación de estar fotografiando de manera casi automática.

Aquella experiencia me hizo pensar en algo que desde entonces observo de otra manera: una colección puede no gustarme y, aun así, resultar tremendamente interesante. Puede parecerme excesiva, equivocada, difícil de comprender o incluso fea y conseguir que continúe mirando. El verdadero problema aparece cuando no provoca ninguna reacción, porque entonces ya no estamos discutiendo sobre gustos, tendencias o criterios estéticos; estamos hablando de indiferencia.

Fotografiar una pasarela también significa esperar

Desde fuera puede parecer que fotografiar un desfile consiste en situarse al final de la pasarela y disparar cuando la modelo se aproxima, pero quienes estamos habitualmente detrás de una cámara sabemos que el trabajo exige una concentración bastante mayor. Hay que observar cómo camina cada modelo, anticipar el momento en el que levantará la mirada, controlar las manos, esperar que la prenda encuentre su movimiento y decidir en apenas unos segundos si interesa mantener la silueta completa o acercarse para buscar un detalle.

Hay vestidos que no se entienden hasta que empiezan a moverse, faldas que necesitan varios pasos para mostrar realmente su volumen y tejidos que reaccionan ante la iluminación de una forma que no habías previsto cuando aparecieron al comienzo de la pasarela. A veces una mirada, un giro o una corriente de aire transforman durante una fracción de segundo una fotografía perfectamente correcta en la imagen que estabas esperando.

Por eso fotografiar una colección tiene también algo de anticipación. Estás mirando continuamente porque sabes que puede ocurrir algo y no quieres perderlo. El problema llega cuando, después de varias salidas, empiezas a sospechar que ese momento no va a llegar. Continúas haciendo fotografías y mantienes la atención necesaria porque es tu responsabilidad profesional, pero desaparece progresivamente esa curiosidad que hace que quieras ver cuál será el siguiente look.

Para alguien que fotografía pasarelas, esa sensación resulta bastante reveladora.

Una colección no tiene ninguna obligación de gustarme

Conviene aclararlo porque hablar de aburrimiento puede confundirse fácilmente con hablar de gusto personal. Una colección no tiene ninguna obligación de gustarme, como tampoco debería diseñarse pensando en satisfacer a todo el mundo. De hecho, algunas de las propuestas que más recuerdo son precisamente aquellas que inicialmente me produjeron rechazo o me hicieron preguntarme qué demonios estaba viendo.

Hay diseñadores que exageran las proporciones, mezclan referencias aparentemente incompatibles, utilizan colores difíciles o construyen prendas que necesitan tiempo para ser entendidas. Algunas decisiones funcionan y otras no, pero mientras exista una intención detrás de ellas habrá algo sobre lo que pensar.

La moda también necesita incomodar y necesita permitir que los diseñadores se equivoquen. Si cada colección tuviera que ser inmediatamente bonita, comercial y comprensible, probablemente acabaríamos viendo siempre pequeñas variaciones de aquello que ya sabemos que funciona.

Incluso una colección que considero fea puede resultar fotográficamente fascinante porque lo feo también provoca una reacción. Puede molestar, generar rechazo, despertar curiosidad o hacer que vuelva sobre las fotografías después del desfile intentando comprender aquello que inicialmente no entendí.

El aburrimiento es diferente. El aburrimiento no discute contigo, no te obliga a mirar dos veces y tampoco deja demasiadas preguntas cuando termina el desfile.

Cuando llega el momento de editar

Muchas veces esa sensación vuelve unas horas o unos días después, cuando llega el momento de editar las fotografías. Abres el desfile en Lightroom y comienzas a recorrer las imágenes con una mirada distinta, ya sin música, sin público, sin el ritmo de la pasarela y sin todo aquello que durante unos minutos rodeaba a la colección.

Es entonces cuando algunas propuestas crecen. Descubres un detalle que no habías visto, comprendes mejor una construcción o encuentras una fotografía en la que la prenda adquiere una fuerza que quizá no percibiste mientras la modelo caminaba hacia ti.

Con otras sucede exactamente lo contrario. Empiezas a pasar fotografías y cada vez lo haces más deprisa. Técnicamente están bien: la modelo está enfocada, la exposición es correcta, la ropa puede verse perfectamente y dispones de todo lo necesario para realizar una cobertura profesional. Sin embargo, ninguna imagen consigue detenerte.

A veces terminas seleccionando la mejor fotografía no porque hayas encontrado una imagen extraordinaria, sino porque necesitas elegir una. Y eso también dice algo.

Una buena fotografía puede interpretar una colección, encontrar un movimiento que pasó desapercibido para buena parte del público e incluso conseguir que observemos una prenda de una manera diferente, pero tampoco podemos pedirle a una cámara que invente constantemente aquello que no estaba sucediendo delante de ella.

No todo necesita convertirse en un espectáculo

Quizá parte del problema esté en que algunas veces confundimos desfilar con mostrar ropa. Una pasarela debería ser algo más que una sucesión de prendas delante de compradores, prensa, invitados y fotógrafos, porque para enseñar una colección existen otras herramientas mucho más sencillas y probablemente también mucho más económicas.

Un desfile tiene movimiento, música, iluminación, cuerpos interpretando prendas y la posibilidad de construir durante unos minutos un universo propio. Esto no significa que cada diseñador tenga que levantar una escenografía espectacular ni convertir su presentación en una producción millonaria. Algunas de las pasarelas que mejor funcionan son extraordinariamente sencillas y precisamente esa sencillez permite que la ropa ocupe todo el espacio.

Lo importante no es cuánto dinero se ha gastado en producir el desfile, sino si existe una intención capaz de conectar aquello que estamos viendo. Cuando desaparece el último modelo y la única sensación que queda es que hemos visto pasar ropa durante quince minutos, quizá sea razonable preguntarnos si aquella colección necesitaba realmente una pasarela o si simplemente hemos asumido que desfilar es el destino natural de cualquier propuesta.

Hay además un territorio particularmente complicado para la crítica, que es el de las colecciones en las que aparentemente todo está bien. La confección es correcta, los colores funcionan, las prendas pueden venderse, el estilismo no molesta, la música acompaña y los modelos hacen perfectamente su trabajo. No existe ningún gran error al que señalar, pero tampoco aparece ese elemento que permite reconocer una mirada propia.

La corrección evita muchos errores, pero cuando se convierte en el principal objetivo también puede eliminar el riesgo, y sin riesgo resulta bastante difícil construir identidad.

Prefiero salir de un desfile enfadado que indiferente

Puede sonar extraño, pero prefiero terminar de fotografiar una colección que me haya hecho enfadar antes que una que no me haya provocado absolutamente nada. Si me ha molestado una decisión del diseñador, si considero que una combinación no funciona o si una propuesta me parece exagerada, al menos existe algo que merece ser discutido. Incluso puedo regresar posteriormente a las fotografías, mirarlas con más calma y descubrir que aquello que inicialmente rechacé tenía más sentido del que fui capaz de ver desde el foso.

Eso también forma parte de la moda y, probablemente, de cualquier disciplina creativa. No siempre entendemos una propuesta en el momento en el que la encontramos y tampoco deberíamos exigir que todo resulte inmediatamente accesible.

La indiferencia ofrece muchas menos posibilidades.

Cuando termina un desfile y apenas eres capaz de recordar lo que acabas de fotografiar, algo no ha conseguido establecer esa conexión entre la colección y quien la estaba observando. Eso no significa necesariamente que estemos ante una mala colección ni que otra persona no pueda encontrar en ella precisamente aquello que yo no encontré. La crítica nace también de una mirada individual, de la experiencia y de una determinada manera de entender la moda, y convertir una reacción personal en una verdad universal sería bastante absurdo.

Pero precisamente por eso creo que merece la pena contar esta experiencia. Porque detrás de una cámara no hay únicamente un sensor registrando prendas. Hay una persona observando, anticipando movimientos, buscando fotografías y esperando que algo de lo que aparece delante consiga despertar su atención.

Y alguna vez esa persona bosteza. No porque lleve demasiadas horas fotografiando, sino porque después de varias salidas sigue esperando que ocurra algo que nunca termina de llegar.

Una colección puede permitirse ser discutida, incómoda, excesiva e incluso puede permitirse no gustarnos. Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a la indiferencia.

Martín Esquivel
Crónicas de Pasarela

Comentarios

Entradas populares de este blog

Pedro Palmas en Gran Canaria Swim Week 2026: entre la estética estelar y el eco de sus propias constelaciones

Dolores Cortés – “Maasai / Tierra”: naturaleza, memoria y repetición visual en Gran Canaria Swim Week 2026

¿Estamos regalando el trabajo las modelos? Cuando un desfile se convierte en una campaña publicitaria gratuita

↑
ENLACE COPIADO
ARRIBA
SIN CONEXIÓN · EL CONTENIDO ABIERTO SIGUE DISPONIBLE